martes, 5 de abril de 2011

Historia de Pastas y Ratis

Un día pasó, nunca me interesé por las drogas, yo no sabía.
Fue el Gordo, siempre tiene, siempre lleva, cada tanto vende, pero solo a pedido.
Juro que no me di cuenta, el Gordo, de colgado que es, dejó unas pastillas en la mesa.
Yo de curioso, agarré una que era re linda, celeste con una cara de Goofy.
Había pasado por ahí solo a buscar una campera que le presté al gordo y sabía que hasta que no vaya yo el tipo no me la iba a devolver jamás.
Siempre la casa del Gordo me ponía muy paranoico, siempre fantaseaba que justo cuando yo esté ahí, iba a aparecer un operativo de película y caíamos todos en cana, yo también pero por boludo.

El Gordo tiene una paz, insoportable, yo solo había ido a buscar la campera, habían pasado más de 40 minutos, y no encontraba la forma de despedirme.
El tipo estaba en la puerta hablando con unos pibes en moto, y yo miraba la pastillita celeste con mucho detenimiento, en parte porque ya estaba más que embolado.
De golpe, el Gordo cerró la puerta con violencia, y corrió agitado hacia mí:
-¡Ahí vienen!-
Fue un acto reflejo, no sé por qué carajo hice eso, lo primero que atiné fue tragarme de una la pastillita.
-¿Qué pasa boludo?-
Me pregunta el Gordo. Yo me movía como si buscara refugio, pero solo hacía movimientos espasmódicos sin moverme del lugar.
-¿Te asustaste?- Me preguntó y empezó a reír a carcajadas, una risa deforme, una carcajada estridente, una caricatura de una risa, que parecía estar endemoniada.
-Dame la campera Gordo que me voy.-
Salí enojado, caminando velozmente, mientras las luces comenzaban a aparecer en la calle. Nunca me había detenido a ver la infinita cantidad de matices que generan los faroles sobre el asfalto, nunca había notado la espectacularidad de los reflejos en los charcos que se apoyaban en el cordón de la vereda, ni me había puesto a oír cada uno de los sonidos que rutinariamente van presagiando la noche… nunca hice hincapié en este tipo de pequeños fenómenos, definitivamente estaba muy drogado.
Tenía terror, quería llegar a casa ya, quería poder volar a casa, literalmente, incluso hasta lo intenté, levanté los brazos, miré hacia arriba, apunté fijamente a la copa de un eucalipto tremendamente enorme, putié a Sarmiento por eso, y flexioné las rodillas esperando quedar suspendido en el aire. Solo voy a decir que duele mucho.
Me levanté, a prácticamente unos 50 metros venía hacia mí un patrullero.
-Mirá para abajo.-
Me repetía a mí mismo.
-Mirá para abajo, y caminá derecho.-
El sonido de la presión de los neumáticos del patrullero sobre el asfalto, la fricción que produce al andar era cada vez más fuerte y nítido, me daba la pauta que venía en mi dirección y cuando más fuerte lo sentía, de pronto cesó.
-¡Caballero!-
Dijo uno de los oficiales, levanté la vista, y vi que era de la metropolitana. No pude pronunciar una sola palabra, las luces tremendamente azules intermitentes del patrullero que bailoteaban de un lado al otro, fueron mi perdición, quedé estupefacto, atónito, hipnotizado.
-Caballero, documentos por favor.-
Repitió el oficial. La voz se oía muy lejana, muy detrás, muy poco importante, me era imposible dejar de ver esas luces mágicas, que iban de derecha a izquierda, luego de izquierda a derecha, y por último titilaban ferozmente, me sentía un gato recién nacido frente a un arbolito de navidad.
En ese momento, pensaba en el Gordo, y su paz de mierda, en la campera que tenía una mancha de tuco en la axila, en mi madre y sus sermones de otoño cuando mi casa estaba sin pintar, en Mirolli que nos enseñaba sobre lo malo del consumo de drogas mientras hablaba con dibujos animados, en Male, en Fleco, en los informes pedorros de Graña, en que nunca me gustó la Marcha, pensaba también en Calamaro, en Andy Chango, en Charly García, en lo gordo e inmóvil que está Charly García, pensaba también en Palito Ortega, especulaba sobre “¿qué le habrá hecho a Charly?”.
Le di mis documentos al oficial, llegaron más patrulleros, dos de la federal, que llegaban con otras luces menos importantes, menos llamativas, pero en conjunto hacían un verdadero show.
-¿Tomaste algo?- Preguntó otro oficial.
-Una pastilla.- Contesté.
-¿Qué pastilla, de qué?-Volvió a inferir.
-De Goofy.- Dije.
Pasé la noche en cana… sin agua


3 comentarios:

  1. Jajaj!! Aguante la ficcion? .. o the true hollywood story??? jajja!

    Genial salame, lo relatas como si uno lo hubiese hecho! :O ..! =) .. jja
    Maka!

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  2. Buenisimo!!! pensaba en Male y Fleco jajaja como t vas a acordar d esos!...

    IVAN

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  3. Muy bueno, che.que sea ficción.

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